Lo hermoso del fútbol es que se vive igual en todas partes: lo disfruta tanto el aficionado de un equipo grande como el de uno pequeño; lo sufre quien apoya a una selección poderosa, como también lo sufrimos quienes alentamos a una selección humilde. En el fondo, todos tenemos el mismo derecho a ilusionarnos, a sufrir, a creer y a soñar con ganar, aunque nuestras posibilidades reales sean limitadas.
El pasado encuentro en el Cuscatlán, donde Surinam venció 2-1 a El Salvador, nos devolvió un golpe de realidad. Nuestra antigua fortaleza se convirtió en escenario de una derrota dolorosa que muchos describen como un baño de humildad. Sin embargo, el empate entre Panamá y Guatemala nos deja aún con una chispa de esperanza matemática: estamos apenas a un punto de distancia de los rivales de ayer.

Aceptar la situación no es fácil, sobre todo para quienes recordamos versiones más competitivas de la Selecta. Hoy muchas selecciones nos superan futbolísticamente: las del Caribe, Panamá, y otras nos enfrentan de tú a tú, como Nicaragua o Guatemala. El fútbol cambió, pero parece que nuestros dirigentes nunca lo notaron.
La última etapa realmente competitiva de la azul y blanco quedó atrás, hacia finales de los noventa. En ese entonces, si nos hubieran dicho que para clasificar a un Mundial debíamos superar a Guatemala, Surinam y Panamá, lo habríamos visto como un reto accesible, casi un paseo.
Hoy la realidad es otra: el fútbol es más físico, más atlético, con jugadores preparados en alto rendimiento, con tecnología aplicada a la táctica y con jóvenes que irrumpen como protagonistas. Frente a ese panorama, estamos muy lejos de aspirar a más de lo que realmente nos alcanza.
Y aun así, pese a tenerlo todo en contra, hay algo que nunca cambia en nuestro fútbol: seguimos creyendo que algún día iremos al Mundial.

