La Selección de El Salvador vive uno de los momentos más oscuros de su historia reciente. Las derrotas humillantes frente a Surinam (0-4) y Panamá (0-3) no solo confirman una crisis futbolística profunda: exhiben un equipo sin espíritu competitivo, sin idea de juego y sin liderazgo dentro o fuera de la cancha. Lo que debería ser un proyecto rumbo al Mundial 2026 parece más bien un barco a la deriva, sostenido por improvisación, soberbia y falta total de autocrítica.
Lo más preocupante no es perder (eso puede ocurrir) sino la manera en que se pierde. En ambos partidos, El Salvador lució derrotado desde antes del pitazo inicial. Ni garra, ni coraje, ni el mínimo sentido de orgullo deportivo. Un equipo que no compite es un equipo vacío, y hoy la Selecta transmite justamente eso: vacío.
Un cuerpo técnico superado y desconectado
El trabajo de Hernán “Bolillo” Gómez ha sido, hasta ahora, indefendible. Su pasividad en el banquillo contrasta ridículamente con la intensidad que exige una eliminatoria de CONCACAF. Sus cambios a medio partido parecen decisiones al azar más que ajustes tácticos, y sus declaraciones previas al encuentro contra Panamá (“vamos a ganar mañana”, entre risas sarcásticas) fueron gasolina para una afición que ya venía molesta por el pésimo rendimiento del equipo.
Pero si algo terminó de fracturar la relación entre el “Bolillo” y la afición, fue la bochornosa escena tras la goleada ante Panamá: el DT y su asistente Neto Góchez, intercambiando insultos y empujones con aficionados desesperados. Una muestra más del descontrol emocional y la falta de liderazgo en un proyecto que debería tener la piel más gruesa y el rumbo claro.
Y como si la noche no hubiera sido suficientemente amarga, ver al entrenador salvadoreño abrazando sonriente a jugadores panameños tras la derrota, mientras El Salvador sumaba su quinta caída consecutiva en eliminatorias, un récord histórico negativo para el país, fue una daga para los seguidores que sienten que el respeto por la camiseta se ha ido diluyendo en excusas y actitudes incomprensibles.
Una federación que repite errores y un país atrapado en ciclos perdidos
La dirigencia, por su parte, sigue tomando decisiones sin proyecto de largo plazo. Se apostó por nombres, no por ideas; por currículum, no por planificación. Y en esa desesperación, algunos piden el regreso de Hugo Pérez, olvidando que su ciclo dejó también una marca histórica negativa: trece partidos consecutivos sin ganar.
La verdad es que ni con uno ni con otro se resolverá el problema si no se corrige lo fundamental: El Salvador no está produciendo jugadores con el nivel técnico para competir en CONCACAF. Sin talento, sin formación y sin juveniles capaces de empujar hacia arriba, cualquier técnico terminará siendo un parche más en una herida que se agranda.
El Salvador ya tocó fondo. La pregunta es si quiere seguir cavando
Las excusas ya se agotaron. El país necesita reconstruir desde cero: desde el fútbol base, desde la formación técnica y táctica, desde la profesionalización real de los clubes, desde la exigencia interna.
La Selecta puede cambiar de entrenador mil veces, pero si los jugadores siguen llegando sin fundamentos, sin competencia y sin hambre real de trascender, las goleadas como las de Surinam y Panamá serán la nueva normalidad.
Perder es parte del fútbol. Pero perder sin talento, sin lucha y sin proyecto es una condena autoimpuesta. Y hoy, lamentablemente, eso es lo que está viviendo El Salvador.

