El rival a vencer era Francia. Desde mucho antes del inicio de la Copa del Mundo 2026, los dirigidos por Didier Deschamps aparecían como los grandes favoritos para levantar el trofeo gracias a un plantel repleto de estrellas, profundidad en cada línea y la experiencia de haber disputado las últimas instancias de los grandes torneos. Y esa condición de favorito parecía confirmarse a medida que avanzaba la competición.
Sin embargo, el destino tenía preparado otro desenlace. En las semifinales apareció una España que hasta ese momento había construido su camino sin demasiados reflectores, creciendo partido a partido, afinando su funcionamiento y consolidando una idea de juego que terminaría imponiéndose sobre cualquier individualidad. La Roja ofreció una auténtica cátedra táctica para derrotar 2-0 a Francia, anulando por completo a un equipo que parecía imparable y demostrando que el fútbol colectivo todavía puede imponerse sobre el talento individual.
Esa victoria no solo significó el boleto a la final, sino también el momento en el que España terminó de convencer al mundo de que estaba lista para conquistar la segunda estrella de su historia.
En la final, el obstáculo era Argentina, vigente campeona y liderada por Lionel Messi. El duelo prometía ser un choque de gigantes, pero nuevamente el conjunto dirigido por Luis de la Fuente mostró una madurez competitiva extraordinaria. Con orden, paciencia y una disciplina táctica inquebrantable, España derrotó 1-0 a la Albiceleste para proclamarse campeona del Mundial 2026.

Lo más llamativo de esta selección española fue su evolución. No fue un equipo que deslumbrara desde el primer encuentro ni que resolviera los partidos a base de individualidades. Todo lo contrario. España fue una selección que creció con el paso de las semanas, que nunca abandonó su plan de juego y cuyos futbolistas entendieron que el éxito pasaba por respetar un sistema antes que por buscar protagonismos personales. Convicción, sacrificio, solidaridad y una ejecución casi perfecta de la propuesta táctica fueron las bases de un campeón construido desde el trabajo colectivo.
El gran símbolo de ese funcionamiento fue Rodri. El mediocampista volvió a ofrecer un torneo descomunal, recordando al futbolista que maravilló al mundo en 2024. Cada posesión importante pasaba por sus pies y, cuando no era así, él mismo se encargaba de recuperar el balón para iniciar nuevamente el juego. Dominó los tiempos, administró el ritmo de cada partido y fue el verdadero director de orquesta de una España que encontró en él su equilibrio permanente.
A su lado apareció un brillante Dani Olmo, fundamental para conectar el mediocampo con el ataque. Su movilidad, inteligencia para encontrar espacios y capacidad para acelerar las transiciones permitieron que España siempre encontrara caminos hacia el arco rival.
En ofensiva tampoco faltó contundencia. Mikel Oyarzabal fue el máximo referente del ataque con cinco anotaciones durante el campeonato, confirmando su capacidad para aparecer en los momentos decisivos. Desde el banquillo, Mikel Merino se convirtió en el revulsivo perfecto al marcar goles determinantes frente a Portugal y Bélgica, mientras que Ferran Torres terminó escribiendo su nombre en la historia al convertir el gol más importante del torneo: el tanto que selló la victoria sobre Argentina y entregó la segunda Copa del Mundo a España.

Pero si hubo un aspecto que definió el campeonato de La Roja fue su extraordinaria solidez defensiva. Pocas veces se ha visto una estructura tan bien organizada en un Mundial. Pau Cubarsí firmó un torneo impecable junto a Aymeric Laporte, conformando una de las mejores parejas de centrales del campeonato. En los costados, Pedro Porro y Marc Cucurella ofrecieron un equilibrio perfecto entre defensa y ataque, aportando intensidad, recorrido y precisión en cada intervención.
Detrás de todos ellos apareció la seguridad de Unai Simón. El guardameta transmitió tranquilidad durante todo el torneo y respaldó a su defensa con actuaciones decisivas cuando fue exigido. El dato resume perfectamente la dimensión de su campeonato: España únicamente recibió un gol en toda la Copa del Mundo, una cifra que refleja el extraordinario nivel defensivo del equipo.
Este título será recordado no por un festival de goles ni por actuaciones individuales deslumbrantes, sino por la construcción de una idea. España demostró que el fútbol sigue premiando a los equipos que trabajan como una unidad, que respetan un plan y que entienden el juego desde la inteligencia táctica. Puede que su estilo no enamore a todos los aficionados, especialmente a quienes privilegian el espectáculo permanente, pero desde el punto de vista estratégico fue una auténtica obra maestra.
La segunda estrella de España no nació de una generación de héroes aislados, sino de un grupo comprometido con una misma idea. Un campeón que derrotó al gran favorito, silenció al vigente monarca y recordó al mundo que el fútbol colectivo sigue siendo el camino más sólido hacia la gloria.

